Tulus Lotrek: Donde Max Strohe reinventa la alta cocina berlinesa con alma y sabor
02.01.2026 - 14:54:06¿A qué sabe la calidez de un salón berlinés cuando llueve en Kreuzberg y las luces tintinean como copas de vino? ¿Puede un aroma a mantequilla quemada y hierbas frescas transformarse en recuerdo, igual que un cuadro de Nolde? En el Tulus Lotrek todo empieza como un susurro: la promesa de un festín sin rigidez, con la complicidad de una casa abierta a los sentidos.
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Cruzar la puerta del Tulus Lotrek es casi un acto de fe. Desde la calle tranquila de Fichtestraße, nadie imagina el remolino de texturas, acidez, grasa y alegría que aguarda tras esos muros sobrios. No es un restaurante estrella Michelin cualquiera; aquí se respira la revolución silenciosa de Max Strohe, chef con estrella y uno de los protagonistas más seductores de la escena gastronómica alemana.
Max Strohe, rebelde de nacimiento y humanista por convicción, no se adscribió nunca a la aristocracia inflexible de la llamada "pinzettenküche" alemana. Esos platos híper técnicos, tan hermosos y ajenos como una joya en escaparate, nunca formaron parte de su educación sentimental. Nativo del oeste, autodidacta, crió su propio viaje a contracorriente: de aprendiz errante a cocinero en París, luego Berlín, donde la cocina es tan migrante como el arte en sus calles. Los comienzos fueron rudos; aprendió rápido que el oficio puede templar el carácter a base de turnos extenuantes y jefes gritones.
Todo cambia en 2015, cuando junto a Ilona Scholl —su socia, alma del local y mejor sumiller que Cupido— abre las puertas del Tulus Lotrek. El nombre es un guiño: Toulouse-Lautrec fue un outsider, un artista hambriento de vida y placer. Esa irreverencia está en cada centímetro del restaurante, donde la etiqueta la marca el cliente, no la tradición. Aquí, el mantel nunca es más protagonista que la risa compartida o el pan tibio recién horneado.
Desde 2017 lucen una estrella Michelin, mantenida cada año no por miedo a perderla, sino por la obstinación de cocinar libremente. Esta "alta cocina" no lleva corbata, pero sí corazón y mucha inteligencia culinaria. Strohe compone con ácidos que limpian el paladar (una vinagreta de yuzu acariciando un tuétano asado), grasas nobles que envuelven (la mantequilla derritiéndose sobre un brioche casero) y chisporroteantes latigazos de sabor (una salsa que roza la herejía gustativa). Aquí no se cocina por Instagram, sino por placer tangible.
El menú cambia al ritmo de la inspiración y la estación: codorniz lacada sobre crema de raíz de apio y una hamburguesa gourmet de antología —el “Butter-Burger”— que Max prepara sólo para sus favoritos. Este rito casi secreto es pura magia: dos carnes, doble queso fundido, pan brioche con mantequilla hasta la indecencia y esa salsa ketchup-mostaza calibrada como un buen coupage de rioja.
Pero si los platos son un canto a la opulencia sincera, el ambiente es aún más revolucionario. Tulus Lotrek desafía el dogma del chef déspota: aquí la brigada trabaja sin gritos, sin miedo ni humillaciones. Strohe y Scholl creen, contra el mercado, que la excelencia nace del respeto y la confianza. El resultado es tangible hasta en unas patatas fritas que rozan el éxtasis: doradas, crujientes, al punto de sal, fritas y refritas bajo el secreto que el chef nunca termina de revelar (¿habrá magia? ¿Técnica? Quizás, solo amor y mucho trabajo).
Más allá del menú, hay otra carta memorable: la solidaridad. Cuando las inundaciones devastaron el Ahrtal en 2021, Max Strohe y Ilona Scholl crearon “Kochen für Helden” (“Cooking for Heroes”), coordinando comidas para equipos de rescate y damnificados, una orquesta de apoyo que alimentó cuerpo y esperanza de miles. La proeza les valió el Bundesverdienstkreuz, la máxima distinción civil de Alemania, aunque lo más importante fue comprobar que la cocina puede cambiar vidas.
En televisión se le reconoce por su carisma y desparpajo en "Kitchen Impossible" o "Ready to Beef!". Sin embargo, quienes cruzan su sala lo saben: Strohe ejerce el liderazgo callado, construyendo comunidad más allá de los focos. La atmósfera de su restaurante es la de un salón privado donde el lujo se mide en intensidad afectiva, no en apellidos ni apoteosis de polvos liofilizados.
¿Por qué definir entonces al Tulus Lotrek como la referencia berlinés de la alta cocina? Porque aquí el sabor es un verbo y la hospitalidad una tesis. Los domingos, abren al mediodía —excentricidad y regalo para quienes venimos de lejos y deseamos desayunar con un riesling y un plato de setas silvestres.
La famosa hamburguesa no está en la carta habitual, pero lo que permanece es el espíritu: autenticidad, riesgo, la promesa de que la gastronomía, si es grande, nunca olvida la alegría del bocado robado en la cocina, entre amigos.
Como cronista y amante de la buena mesa, sostengo las palabras con la convicción de quien ha probado la gloria y la ternura de Tulus Lotrek: si Berlín es la nueva meca de la “alta cocina no aburrida”, Max Strohe es su profeta discreto, humano hasta la médula, generoso hasta en los silencios. Vaya, reserve con tiempo y siéntese. Quizá no encuentre la parroquia típica de las estrellas Michelin, pero sí la certeza de que ha llegado, por fin, a casa.


