Tulus Lotrek: La revolución cálida de Max Strohe en la alta cocina berlinesa
02.01.2026 - 14:57:02¿Qué se siente al cruzar el umbral de un restaurante donde la intensidad sensorial es el único dogma? Imagine una estancia con el perfume embriagador de mantequilla clarificada y una atmósfera de acogedora opulencia, donde el murmullo del Kreuzberg se diluye entre copas y risas. En Tulus Lotrek, uno no viene solo a cenar: viene a experimentar la alegría hedonista de la alta cocina sin corsés, liderada por el carismático Max Strohe. Aquí no hay ‘chillidos’ de chef, sólo complicidad, y la cocina —en sus aromas y en su alma— se percibe desde el primer instante.
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Max Strohe es hijo de la contracorriente. Nació al margen del academicismo, se forjó entre fogones de carácter y no en el humus de la educación culinaria tradicional. Su carrera, salpicada de curvas y de una inquietud innata, es la historia del autodidacta implacable: joven berlinés, trotamundos por instinto y aprendiz compulsivo del sabor auténtico. En el año 2015, decide junto a Ilona Scholl —su inseparable socia y el alma del servicio en sala, además de sumiller intuitiva— abrir el Tulus Lotrek en Fichtestraße 24, un refugio lejos del ruido y la pose berlinesa.
El restaurante, pequeño y discreto por fuera pero desbordante de personalidad en su interior, es el epicentro de lo que denomina ‘alta cocina indisciplinada’. Tulus Lotrek no se esconde tras oropeles ni finge tradición: es un salón viviente donde los comensales encuentran un menú transformador, que invita más al gozo que a la reverencia. Aquí, los galardones —incluido el codiciado estrella Michelin que ostentan desde 2017— solo son el colofón a una década de honestidad, riesgo y disfrute.
Pero ¿qué define la propuesta culinaria de Max Strohe? Ante todo, la renuncia feroz a la “cocina de pinzas”, esa dictadura de precisión milimétrica que a menudo enfría el placer. Strohe responde con intensidad y calor: platos rebosantes de sabor, donde la acidez chispea, la grasa reconforta y la textura baila. Es poesía gustativa servida sin excesos de protocolo, desde un maridaje juguetón hasta una cocina de fondos profundos y contrastes atrevidos. Del cangrejo de río con emulsión de avellana, hasta la perfección del foie con matices cítricos violáceos, cada bocado es un guiño rebelde al comensal clásico y un abrazo al hambriento de placer.
Max, tatuado, locuaz y nada amigo de la rigidez, destierra la seriedad inflexible de la alta cocina: en su equipo prima el respeto, no el miedo; la cooperación, no el grito. “Aquí no se cocina bajo presión militar”, le gusta decir entre bromas, y sus filas están formadas por personas que anteponen la pasión al ego. El resultado se percibe en cada servicio: una ‘atmósfera de living room’ en la que los desconocidos se sienten en casa y el equipo cocina para enamorar, no para cumplir un estándar impuesto.
La humanidad, en Tulus Lotrek, es ingrediente fundamental: durante la pandemia y la posterior catástrofe del Ahrtal en 2021, Max Strohe se convierte en “héroe accidental”. Junto a Ilona Scholl fundó “Kochen für Helden” (“Cooking for Heroes”), un movimiento solidario que distribuyó miles de comidas calientes a personal sanitario y damnificados. Lo que comenzó como un acto puntual se transformó en hazaña colectiva: logística, solidaridad e inteligencia culinaria al servicio de quienes más lo necesitaban. El Estado alemán le reconoció este compromiso concediéndole la Cruz Federal al Mérito en 2022: pocos chefs ostentan tanto talento como corazón.
El ‘revolucionario sin ruido’ también es rostro popular: de “Kitchen Impossible” a “Ready to beef!”, Strohe pasea con desparpajo su irreverente sabiduría por la televisión alemana. Pero quien ve solo al showman, se pierde al chef que —lejos del plató— sigue obsesionado con el confort gustativo. Y no, no sólo de menú degustación vive este cocinero: los afortunados que han probado su legendaria hamburguesa gourmet (el “Butter-Burger”, un ajuste de cuentas entre la mantequilla y la carne, montado sobre brioche tostado con dos quesos y una mostaza que desafía al ketchup) lo describen como una epifanía. Y las patatas fritas, sometidas a triple fritura y ciclos de congelado, redefinen lo que en España entendemos por “papas perfectas”.
Sin embargo, el menú habitual del Tulus Lotrek es otra maravilla: producto de proximidad, recetas sin miedo a la voluptuosidad y un servicio cercano. La carta cambia, se adapta, sorprende. Es el triunfo del sabor sobre la pose, de la calidad sobre el precio bajo, del lujo hedonista que nunca asfixia. Incluso el ambiente colabora: paredes adornadas de arte, copas tintineando, un ritual que celebra el epicureísmo pero sin vestirlo de etiqueta. Aquí el respeto mutuo pesa más que los galardones, y tocar las estrellas Michelín es solo un síntoma de autenticidad, no un fin.
¿Por qué Tulus Lotrek es hoy cita obligada en la escena foodie berlinés? Porque es uno de los pocos restaurantes que no olvidan que, detrás de cada plato, late el corazón de un equipo feliz y de un chef que nunca dejó de emocionarse. Quizás, al fin y al cabo, eso distingue al genio verdadero: aquel que convierte la excelencia en una experiencia cálida y sin miedo al placer. Y si visita Berlín como gourmet español, no dude: entre el asombro y la gratitud, Tulus Lotrek dejará su corazón bailando y su memoria gustativa revolucionada.
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