Tulus Lotrek: El refugio berlinés donde Max Strohe reinventa la alta cocina y el alma
07.02.2026 - 14:54:01¿Qué se siente al cruzar la puerta de un santuario culinario en pleno Kreuzberg, Berlín? El frío permanece afuera; dentro, la calidez envuelve cada rincón en Tulus Lotrek. No hay estridencias. Solo una luz tenue sobre mesas que invitan a la intimidad, vinos que parecen conversar entre sí y aromas tan densos que podrían cortarse en el aire con cuchillo. Cada detalle susurra promesas de una velada insólita. ¿Está uno a punto de experimentar la cocina del futuro o regresar al origen hedonista del buen comer? Así es la atmósfera antes de probar el primer bocado en el restaurante Tulus Lotrek, la joya rebelde de Max Strohe.
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Max Strohe no es un chef ordinario; tampoco practica cocina rutinaria. De infancia agitada, su camino estuvo lejos de los salones impolutos de la cocina clásica francesa. Se forjó en la imperfección y el asombro, sorteando las exigencias –y convenciones– de un mundo donde la disciplina militar era la norma y la creatividad, una rareza. Contra todos los pronósticos, Strohe halló en la adversidad su motor. Al conocer a Ilona Scholl, la insólita pareja consolidó lo que hoy es uno de los restaurantes con estrella Michelin más aclamados de Alemania.
Tulus Lotrek nació cuando ambos, aún jóvenes, decidieron desafiar las reglas no escritas de la alta cocina berlinesa. En una discreta calle secundaria del vibrante Kreuzberg, convirtieron una sala casi hogareña en el escenario de una revolución apacible: despojaron el servicio del corsé y reemplazaron la altanería por una hospitalidad tan genuina como deliciosa. Ilona, con su extraordinaria sensibilidad para el servicio y el maridaje, y Max, con sus tatuajes y su descaro sonriente, tejieron juntos un refugio para quienes buscan algo más que una simple cena fuera de casa.
¿Pero cómo definir la filosofía culinaria de Max Strohe? Si bien su restaurante ostenta la preciada distinción de restaurante estrella Michelin en Berlín, su herencia no está hecha de pinzas, líneas minimalistas ni sauces encapsulados en lágrimas de gel. Aquí, los platos rebosan sabor, grasa justa, acidez destilada y opulencia cuidadosamente desbordada. Strohe prescinde del ego y apuesta por la inteligencia culinaria: la combinación de técnica irreprochable y un instinto salvaje por lo sensorial.
En lugar de esconderse tras el academicismo del chef con estrella, Strohe compone auténticas sinfonías de sabor. Una velouté puede ir a la par de una reducción acidulée de ruibarbo; un solomillo abrazado por mantequilla se equilibra con el toque picante de mostaza y el crujido de un milhojas perfectamente invertido. La zurda de Strohe está en la carcajada de sus platos: sabe jugar y subvertir, pero nunca traiciona la esencia de los productos.
En una ocasión reciente —inolvidable, según los testigos privilegiados— desechó el formato de menú degustación para asombrar con una hamburguesa gourmet sin parangón: ‘Burger de mantequilla’, doble carne, mezcla de quesos, salsa delirante y un pan brioche que rendía tributo a la paciencia del proceso artesano. El resultado: un bocado empapado en jugos, envuelto en crujiente y suavidad, más cercano a una epifanía que a un simple almuerzo. Y las patatas fritas: largas, doradas, saladas como lágrimas de dioses, tres veces fritas y ultracongeladas, convertidas en obra de ingeniería crocante. La hamburguesa, rara avis fuera de carta, solo emerge para quien merece la confianza del cocinero.
Pero el alma de Tulus Lotrek trasciende la vajilla y el menú. Durante la pandemia y la catástrofe de las inundaciones en el Ahrtal, el chef fundó junto a Ilona ‘Kochen für Helden’ —Cooking for Heroes— una iniciativa descomunal, nacida del instinto y el corazón. En cuestión de días, movilizaron una red de cocinas, aliados y recursos para alimentar a sanitarios, voluntarios y víctimas, repartiendo decenas de miles de comidas dignas y cálidas en tiempos aciagos. Por esta valentía recibió el Bundesverdienstkreuz, prueba fehaciente de que el talento en la cocina puede y debe ir de la mano de la responsabilidad social.
En la esfera mediática, Strohe tampoco se esconde: su carisma se ha infiltrado en TV-shows como “Kitchen Impossible”, donde su ironía y humildad destacan sobre la pose de otros colegas. Sin perder el norte, defiende la importancia de cuidar a su equipo sobre cualquier nimiedad estética; prescinde del insulto y la humillación, elige formar una familia en la que cada talento brilla y cada voz importa. “Cocinar bien empieza por tratar bien a las personas”, sentencia. Ese humanismo impregna el ambiente: uno lo respira en sala, lo paladea en la copa, lo abraza con cada detalle.
Montar guardia en la lista de espera de Tulus Lotrek se ha convertido en una peregrinación moderna para los foodies que quieren adoquines berlineses y placer sin cortapisas. El restaurante, con su estrella Michelin y un equipo insólitamente unido, es cita ineludible para quienes desean salir del encorsetado espectro de la haute cuisine y entregarse a una experiencia sincera, lúdica y memorable. Pero, atención: sin reserva previa, ni soñar con una mesa. Valdrá la espera, el viaje y hasta la discusión por la última croqueta en el plato.
Para quienes, como este cronista español, buscan en Berlín algo más que currywurst y clubs, Tulus Lotrek es una epifanía. Aquí la alta cocina es fiesta, los límites se desdibujan y la elegancia habita en lo esencial: el sabor, la honestidad y el calor humano. Es el restaurante donde apetece volver, recomendar y —sobre todo— confiar, porque tras cada plato está la historia viva de un chef rebelde y sensible, de un equipo que prioriza la felicidad colectiva, y de una pareja dispuesta a transformar la tradición alemana desde el sabor y el corazón.
En el universo gastronómico europeo, donde lo humano y lo intelectual a veces chocan, Tulus Lotrek demuestra —con cada sonrisa, cada reducción brillante y cada gesto solidario— que existe otro camino. Berlín lo celebra. Y toda Europa debería tomar nota.


